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28 de abril de 2010

Me gustas porque en ti nada es urgente.
Tú no sabes lo que es la prisa o la impaciencia, ¿verdad? No se me ocurre en qué parte de tu cadencia podrían encajar.

Me gustas porque tú no sabes mi nombre, mi altura, mi peso, mi edad. Porque no te inmutas ante mis tragedias y así las limpias de gravedad. Qué arrogante. Y con razón.

Y ante ti se para el tiempo y a la misma vez lo contienes, con todas sus horas, días, años pasados y por llegar. Y así, mecido entre espuma, no me resulta tan vertiginoso, el tiempo. Parece incluso que todavía puedo pasearme un poco en él.
Y respirar(te).

Eres un poco como las canciones. Te absorbo hasta la última gota, abuso de tu permanencia... y aún así nunca te acabas.
¡Gracias, mar!

17 de abril de 2010

Qué va. Cómo iba a tener miedo de volar hacia un mar tan azul. Hacia un cielo tan claro. Hacia un sol tan cálido.
¡Hacia mi casa!
Qué tonta he sido.
Nunca más lo olvides, Isa, que no es bueno conferir tanto poder a las personas. Consentir que le quiten el color al mar. Ni olvidar la fuerza de los que con palabras, sonrisas, abrazos o paseos te lo vuelven a pintar.

Es que, a veces, las cosas dan tantas vueltas, y tan deprisa, que una se marea.
Sobre todo al despegar.